laCasademiAbuela

Je suis en train de faire la restauration de la maison de ma grand-mere.

05 novembre 2009

La princesa y el guisante

Érase una vez un principe que quería encontrar por esposa a una verdadera princesa, dió la vuelta al mundo buscándola y no tubo  sin éxito. Y regresó a su país muy triste al no haberla encontrado.

Una noche horrible llena de truenos, relámpagos y con un enorme aguacero, alguien llamó insistentemente a la puerta del castillo y alarmado por el alboroto, él mismo rey fue a abrir.

En el umbral de la puerta había una princesa, aunque a juzgar por su aspecto era difícil de reconocer. Tenía el pelo totalmente empapado y con el agua que escurría de su vestido se había formado un charco a sus pies.

- Vamos a comprobar si se trata de una verdadera princesa-dijo la reina, marchándose a la habitación en la que iba a dormir la princesa y acto seguido colocó un guisante en el somier, poniendo sobre él veinte colchones con sus respectivos edredones.

A la mañana siguiente la reina le pregunto a la princesa  si su sueño había sido reparador.

- La noche ha sido una auténtica pesadilla-contestó a princesa. No he podido pegar ojo. No sé lo que sería, pero esa cama tenía algo duro y molesto que me ha dejado el cuerpo lleno de cardenales.

De esta manera el príncipe encontró una verdadera princesa, puesto que pese a los veinte colchones con sus respectivos edredones, ella había sentido el guisante. Una piel así sólo podía pertenecer a una verdadera princesa.

Desde ese momento el guisante fue expuesto junto con las joyas de la reina.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

 

La princesse et le petit pois

 

Il était une fois un prince qui voulait épouser une vraie princesse. Il fit le tour de la terre pour en trouver une mais il n’a pas de chance. Il rentra chez lui tout triste, il aurait tant voulu avoir une véritable princesse.

Un soir, par un temps affreux, éclairs et tonnerre, cascade de pluie que c'en était effrayant, on frappa à la porte du château et le vieux roi lui-même alla ouvrir.

C'était une princesse qui était là dehors. Mais grands dieux ! de quoi avait-elle l'air dans cette pluie, par ce temps ! L'eau coulait de ses cheveux et de ses vêtements, entrait par la pointe de ses chaussures et ressortait par le talon ...

- Nous allons bien voir ça, pensait la vieille reine, mais elle ne dit rien. elle alla dans la chambre à coucher, retira la literie et mit un petit pois au fond du lit ; elle prit ensuite vingt matelas qu'elle empila sur le petit pois et, par-dessus, elle mit encore vingt édredons en plumes d'eider. C'est là-dessus que la princesse devrait coucher cette nuit-là.

Au matin, on lui demanda comment elle avait dormi.

- Affreusement mal, répondit-elle, je 'n'ai presque pas fermé l'oeil de la nuit. Dieu sait ce qu'il y avait dans ce lit. J'étais couchée sur quelque chose de si dur que j'en ai des bleus et des noirs sur tout le corps ! C'est terrible !

Alors, ils reconnurent que c'était une vraie princesse puisque, à travers les vingt matelas et les vingt édredons en plume d'eider, elle avait senti le petit pois. Une peau aussi sensible ne pouvait être que celle d'une authentique princesse.

Le prince la prit donc pour femme, sûr maintenant d'avoir une vraie princesse et le petit pois fut exposé dans le cabinet des trésors d'art.

Et ceci est une vraie histoire.

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04 mars 2009

Alí Babá y los 40 ladrones

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08 novembre 2008

Margarita

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar:
tu acento.
Margarita, te voy a contar
un cuento.

Éste era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha del día
y un rebaño de elefantes,

un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita como tú.

Una tarde la princesa
vió una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.

La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla,
y una pluma y una flor.

Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.

Pues se fué la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.

Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
mas lo malo es que ella iba
sin permiso del papá.

Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.

Y el rey dijo: "¿Qué te has hecho?
Te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho,
que encendido se te ve?"

La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
"Fuí a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad."

Y el rey clama: "¿No te he dicho
que el azul no hay que tocar?
¡Qué locura! ¡Qué capricho!
El Señor se va a enojar."

Y dice ella: "No hubo intento;
yo me fuí no sé por qué;
por las olas y en el viento
fuí a la estrella y la corté."

Y el papá dice enojado:
"Un castigo has de tener:
vuelve al cielo, y lo robado
vas ahora a devolver."

La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.

Y así dice: "En mis campiñas
esa rosa le ofrecí:
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí."

Viste el rey ropas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.

La princesita está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.

Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.

Rubén Darío

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17 juin 2008

Pinocho

Pinocho

PINOCHO

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20 avril 2008

Caperucita Roja

Érase una vez una niña que tenía dos largas trenzas rubias Su madre le había hecho una capa roja y  todo el mundo en el pueblo la llamaba Caperucita Roja.

Un día, su madre le pidió que llevase un trozo de tarta, una jarrita de leche y un tarrito de miel a su abuela que se encontraba enferma y que vivía al otro lado del bosque, recomendándole que no se entretuviese por el camino, pues cruzar el bosque era peligroso.

Caperucita Roja recogió la cesta y se puso en camino. La niña tenía que atravesar el bosque para llegar a casa de la Abuelita, pero no le daba miedo porque allí siempre se encontraba con muchos amigos: los pájaros, las ardillas, los ciervos...

Al doblar un recodo del camino, de repente vio un lobo enorme, delante de ella.

- ¿A dónde vas, niña?- le preguntó el lobo con su voz ronca.

- A casa de mi Abuelita a llevarle esta cestita- le dijo Caperucita.

-¿Vive muy lejos? -le dijo el lobo.

-Al otro lado del bosque -dijo Caperucita Roja

-Pues bien -dijo el lobo-, yo también  iré a verla; yo iré por este camino, y tú por aquél, y veremos quién llega primero.

El lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era más corto y la niña se fue por el más largo y se entretuvo cogiendo flores, en correr tras las mariposas.

Mientras tanto, el lobo llegó a casa de la Abuelita, llamó suavemente a la puerta:

-¿Quién es?

- Soy Caperucita, abuelita -dijo el lobo, disfrazando la voz-, te traigo un trozo de tarta, una jarrita de leche y un tarrito de miel que mi madre te envía.

La  abuelita, que estaba en cama porque no se sentía bien, le gritó:

-Tira de la aldaba y la puerta se abrirá.

El lobo tiró la aldaba, y la puerta se abrió al instante.

El lobo se abalanzó sobre la abuelita y devoró ávidamente. Aún estaba relamiéndose cuando oyó los pasos de Caperucita, rápidamente se puso el gorro rosa con puntillas de la Abuelita y se metió en la cama.

Caperucita llegó a la puerta y la golpeó: Toc, toc.

-¿Quién es?

Caperucita Roja, al oír la ronca voz del lobo, primero se asustó, sabía que su abuela no se encontraba bien, pero su voz sonaba tan rara, pero sin darle mayor importancia, contestó:

- Soy Caperucita, abuelita. Te traigo un trozo de tarta, una jarrita de leche y un tarrito de miel que mi madre te envía.

El lobo le gritó, suavizando un poco la voz:

- Pasa, la puerta está abierta.

Caperucita Roja empujó un poco y la puerta se abrió. Viéndola entrar, el lobo se tapó la cara con la sábana.

La niña se acercó a la cama y vio que su abuela estaba muy cambiada.

- Abuelita, abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes!

- Son para verte mejor- dijo el lobo tratando de imitar la voz de la abuela.

- Abuelita, abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes!

- Son para oírte mejor- siguió diciendo el lobo.

- Abuelita, abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes!

- Son para...¡comerte mejoooor!- y diciendo esto, el lobo malvado se abalanzó sobre Caperucita y la devoró, lo mismo que había hecho con la abuelita.

Un leñador que se encontraba cerca escuchó los gritos de Caperucita Roja. Tomando su hacha corrió hacia la casa para ver que pasaba. En cuanto vio al lobo dormitar, entendió lo sucedido y dio muerte al lobo de un tremendo hachazo. Luego lo arrastró hasta el bosque y lo dejó allí. Caperucita y la Abuelita se abrazaron y dieron las gracias al leñador, por haberlas salvado.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

                                                                                                                   Charles Perrault

Caperucita

                                                                                             

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08 mars 2008

Los tres cerditos

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13 février 2008

El patito feo

¡Qué maravilloso estaba el campo, iluminado por la brillante luz del veraniego sol! Resplandecían los trigales dorados, sobre los que sobrevolaban graciosamente varias cigüeñas de patas rojas.

Una hermosa granja rodeada de acequias sobresalía en aquel precioso paisaje. Tanta era allí la vegetación, que no era raro que una pata hiciera su nido entre las ramas.

El ave permanecía sobre los huevos esperando ansiosa el nacimiento de los patitos. Por fin, uno tras otro, éstos fueron rompiendo el cascarón, deseosos de conocer el mundo. Apenas salieron todos, siguieron a su madre observando todo a su paso.

–¡Oh, nunca hubiera imaginado que el mundo fuera tan grande! –dijo, admirado, el más pequeño de los patitos.

-La madre rió.

–¿Crees que esto es el mundo? No, hijo mío; el mundo es mucho más grande de lo que imaginas.

De pronto, la mamá pata empezó a contar a sus hijos y se dio cuenta de que faltaba uno por nacer. Entonces volvió al nido a seguir empollando.

Mientras estaba en el nido, una pata vieja fue a visitarla.

–¿Cómo va eso? –preguntó amablemente.

–Aquí estoy todavía, porque hay un huevo que no termina de romperse. Pero fíjate en lo preciosos y robustos que son los demás patitos.

–Debes tener paciencia. Aunque espero que no te pase lo que a mí hace tiempo: me pusieron en mi nido un huevo de pava y sufrí mucho cuando tuve que enseñarle a nadar. Bueno, ahora me voy. ¡Hasta la vista, y suerte con ese huevo!

Por fin, el nuevo hijo rompió el cascarón. Era largo y muy flaco. La madre lo miró desanimada.

–¡Qué feo es! No parece hermano de los otros. ¿Y si fuera un pavo como el de mi amiga? Lo mejor será llevarlo mañana a nadar y así saldré de dudas.

Al día siguiente, el sol despertó a la pata y a sus patitos. Sin perder tiempo, la madre los contó y empezó a andar, muy erguida, seguida de toda su familia. Apenas ella se metió al agua, los patitos la siguieron sin asustarse y se sumergieron como perfectos nadadores, saliendo luego a la superficie y moviendo sus patitas con habilidad. La madre miró especialmente al más feo de sus hijos y se asombró al ver que era el mejor nadador.

–¡Es un verdadero hijo mío! No hay más que ver la elegancia con que mueve sus patas y lo erguido que se mantiene. ¡Vamos, hijos! Síganme hacia el corral para presentarles a mis amistades. Pórtense bien y tengan cuidado con el gato, que no es buen amigo nuestro.

Los patitos obedecían animadamente las instrucciones de su madre.

–Apuren el paso, hijos. Deben mantener en alto la cabeza, inclínenla sólo cuando pasen por delante del pato viejo que está en aquel extremo. Es el pato más respetable e importante del corral.

Es de raza aristocrática y la cinta roja que lleva en el cuello es la señal de su alta distinción.

Al llegar al corral, los demás patos los rodearon. De pronto, uno de ellos, fijándose en el más feo de los patitos, dijo:

–¡Eh, miren, qué pato más horrible!

–¡Fuera! ¡Vete a otro corral! –gritaron los demás.

La madre se enfureció.

–¡No se atrevan a tocarlo! ¡Él no les ha hecho ningún daño!

–¡Pero es muy feo y demasiado grande! No se parece a ninguno de nosotros.

El patito feo estaba muy asustado. Entonces, llegaron donde el pato viejo e importante.

–¡Qué hermosos hijos tienes! –dijo éste, felicitando a la madre–. ¡Esto te honra! Pero ese tan feo... ¿No puedes volver a incubarlo?

–No es posible, señor –dijo la madre, haciendo una reverencia-; pero no tiene mucha importancia que no sea hermoso, porque es muy buen hijo, y con el tiempo mejorará de aspecto. Lo que pasa es que estuvo mucho tiempo en el huevo. Estoy segura de que va a ser muy fuerte –y le acarició tiernamente la cabeza.

El pato viejo suspiró.

–¡En fin! Quizá tengas razón; hay que esperar.

El primer día de vida de los patitos fue bastante bueno para todos, salvo para el pobre patito feo. Éste se sintió despreciado por todos los que se burlaban de él y lo maltrataban con crueldad.

Los días siguientes fueron aun peores. No lo dejaban tranquilo; hasta sus propios hermanos le decían: "¿Por qué no te atrapará el gato y nos libramos de ti? Nos das vergüenza". Y el pobre patito feo se sentía muy infeliz.

Un día, tomando impulso, echó a volar. Llegó hasta un gran estanque, donde habitaban los patos silvestres, y durmió allí aquella noche, ya que estaba cansado de tanto volar.

A la mañana siguiente, cuando los patos silvestres levantaron el vuelo, se encontraron con el nuevo huésped.

–¿De dónde has salido tú? –le preguntaron-. ¡Eres feísimo, pequeño! Pero, bueno, si te portas bien, puedes quedarte con nosotros.

Así lo hizo el pobre patito.a

–¡Pum! ¡Pum! –se oyó al rato.

Los disparos de un grupo de cazadores de gansos asustó a las aves. Éstas huyeron volando hacia el este. Pero el patito feo se quedó. Escondió la cabeza bajo el ala y se mantuvo muy quieto mientras los disparos continuaban al son del furioso ladrido de los perros cazadores.

Más tarde acabó la cacería. Muy despacio, el patito observó a su alrededor antes de alzar el vuelo.

Atravesó granjas, campos y jardines. A veces soplaba un viento muy fuerte que lo obligaba a agachar la cabeza. El otoño se acercaba; las hojas de los árboles se volvieron amarillas y los campos perdieron el verdor que los cubría en el verano. El patito descansaba en cualquier rincón, mientras se daba cuenta de que los días pasaban y se ponían más frescos. Densas nubes amenazaban en el cielo, cargadas de lluvia y de nieve.

Una tarde, cuando el débil sol empezaba a esconderse, el patito feo vio entre los árboles de un bosque a una numerosa bandada de grandes aves intensamente blancas. ¡Nunca había visto algo tan hermoso! Eran cisnes que, al mover sus largas alas, lanzaban un grito muy extraño. Pero volaban tan alto que al pobre patito le dolía la cabeza de tanto mirar.

Muy impresionado, el patito perdió de vista a las bellas aves, preguntándose adónde irían y cómo se llamarían. No las envidiaba, porque no se sentía digno de tanta belleza. ¡Pobre patito feo! Soñaba con ser bien considerado y tratado igual que los otros patos junto a su madre.

Pasaron los días y el invierno se volvió más crudo. El patito debía estar siempre nadando para que el agua que lo rodeaba no se helara. Pero hacía tanto frío que cada noche se empequeñecía más el espacio en que podía nadar. Tanto se heló el agua a su alrededor, que el pobrecito se vio obligado a mover continuamente una pata. Nunca descansaba. Hasta que, finalmente, agotado, quedó preso en el agua congelada.

Al amanecer lo vio un campesino que por casualidad pasaba por allí. Se acercó al hielo, lo rompió con los pies cuidadosamente y, tomando cariñosamente al patito entre sus manos, lo llevó a su casa, dejándolo a los cuidados de su mujer.

En aquel lugar, el avecita se sintió mejor hasta que, creyendo que los hijos pequeños de aquel buen hombre lo iban a maltratar, acabó por huir. Pasó el largo invierno y el patito logró sobrevivir a todas sus desventuras. Una mañana, escondido entre los juncos de un estanque para cubrirse del frío, sintió un calorcillo agradable. ¡Había llegado la primavera!

Al desplegar sus alas advirtió que se movían con más fuerza y lo trasladaban con impresionante rapidez a grandes distancias. Voló mucho, hasta que de pronto se encontró en un bello jardín. "¡Qué lindo lugar para quedarme y vivir para siempre!", pensó el patito.

Inesperadamente, de entre las ramas de aquel hermoso jardín surgieron tres preciosos cisnes. El patito feo se sintió dominado por una gran melancolía.

–¡Quisiera poder volar y vivir junto a esas aves maravillosas! –exclamó–. Pero quizá me matarían porque soy feo y desentono a su lado...

Se quedó pensando un rato, y luego añadió:

–¡No importa! ¡Prefiero que ellas me maten a vivir maltratado continuamente por los patos, las gallinas y la gente!

Y volando hasta donde nadaban los cisnes, se posó junto a ellos humildemente, como esperando el fatal e inevitable castigo.

Entonces vio en el agua cristalina ¡su propia imagen! Pero su aspecto ya no era el mismo: comprobó sorprendido que había dejado de ser un ave de color terroso, que ya no era un pato tosco y feo. ¡Vio que era un cisne! Se sintió inmensamente feliz. Todos sus sufrimientos se acababan.

Poco después llegaron unos niños al estanque. El más pequeño exclamó:

–¡Miren, hay un cisne nuevo! ¡Qué bello es!

–Sí, es el cisne más hermoso del estanque –corearon los demás.

El nuevo cisne se sintió avergonzado; estaba feliz aunque confuso. Era considerado como la más linda de todas las aves creadas por Dios, pero no se enorgulleció por ello, ya que quien tiene buen corazón nunca es orgulloso.

Entonces el antiguo patito feo irguió su gracioso cuello y pensó emocionado:

–Jamás soñé alcanzar esta inmensa felicidad cuando era el pobre y humillado patito feo...

                                                                                                                                                                 Hans Christian Andersen

patfeo

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24 décembre 2007

La pequeña vendedora de fósforos

¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.

Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas.

La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto. ¡Pobre niña! Los copos de nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos. Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor de los asados se percibía por todas partes. Era el día de Nochebuena, y en esta festividad pensaba la infeliz niña.

Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa; volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda. Su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa hacía también mucho frío. Vivían bajo el tejado y el viento soplaba allí con furia, aunque las mayores aberturas habían sido tapadas con paja y trapos viejos. Sus manitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah! ¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared y a calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo alumbraba y cómo ardía! Despedía una llama clara y caliente como la de una velita cuando la rodeó con su mano. ¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan bien!

Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos también; más la llama se apagó: ya no le quedaba a la niña en la mano más que un pedacito de cerilla. Frotó otra, que ardió y brilló como la primera; y allí donde la luz cayó sobre la pared, se hizo tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría.

Encendió un nuevo fósforo. Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico pesebre: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó trazando una línea de fuego en el cielo.

-Esto quiere decir que alguien ha muerto- pensó la niña; porque su abuelita, que era la única que había sido buena para ella, pero que ya no existía, le había dicho muchas veces: "Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios".

Todavía frotó la niña otro fósforo en la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de la cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante.

-¡Abuelita!- gritó la niña-. ¡Llévame contigo! ¡Cuando se apague el fósforo, sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el hermoso nacimiento!

Después se atrevió a frotar el resto de la caja, porque quería conservar la ilusión de que veía a su abuelita, y los fósforos esparcieron una claridad vivísima. Nunca la abuela le había parecido tan grande ni tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.

Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser acurrucado allí con las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo.

-¡Ha querido calentarse la pobrecita!- dijo alguien.

Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos.

Hans Christian Andersen

cerillera

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29 octobre 2007

Las zapatillas rojas

Érase una vez una niña muy simpática llamada Karen. Era bonita y todo el mundo la quería. Su único defecto, era ser demasiado caprichosa. La historia comienza el día de su cumpleaños

Su mamá le regaló un bonito vestido a la vez que la deseaba muchísimas felicidades. Era un vestido de bailarina que a Karen le hizo mucha ilusión. Siempre había deseado ser una gran bailarina.

Karen se precipitó en los brazos de su mamá y le dio un sonoro beso en la mejilla.

-Gracias mamita- Exclamó alborozada.

-Te quiero mucho-añadió.

La mamá se sentía feliz al ver la alegría de su hija.

Poco después la niña corría hacía la escuela. Su mamá se despidió de ella en la puerta, diciéndole:

-Estudia mucho, hijita y no te pelees con tus compañeras.

Karen prometió portarse bien.

A la hora del recreo Karen empezó a presumir, describiendo con todo detalle el vestido que le había regalado su mamá. Sus compañeras la escuchaban asombradas y ella se sentía feliz.

A la salida de la escuela Karen pasó por delante de una zapatería y vió unas preciosas zapatillas rojas de ballet.

- Esas zapatillas serán mías- se dijo la caprichosa chiquilla.

Karen empezó a pensar en la manera de convencer a su madre para que le comprase las zapatillas y pronto dío con la solución. Lloraría y patalearía hasta conseguir sus propósitos.

Al llegar a casa, corrió al encuentro de su mamá, que estaba preparando la comida y lo primero que hizo fue:

- He visto unas zapatillas rojas que harían juego con mi vestido de bailarina.

Pero la mamá no se dejó convencer.

- No me gusta que seas tan caprichosa-dijo enfadada.

- No compraré nada más, con el vestido tienes suficiente- añadió.

Entonces Karen empezó su pequeña comedia. Pero no le sirvió de nada. Mamá no hizo caso a sus súplicas y ordeno que se acostase. Pero Karen no se había resignado a quedarse sin zapatillas y empezó a pensar en el modo de obtenerlas.

Cuando más entusiasmada estaba en sus pensamientos, la tentación en forma de travieso diablillo, entró por la ventana.

- Buenas noches- saludó alegremente.

La niña se llevó un gran susto.

- Levántate enseguida-le ordenó y haz lo que yo te diga.

La niña obedeció y el diablillo le susurró al oído el malvado plan que había trazado para conseguir las zapatillas.

Karen, aunque con un poco de miedo, siguió al diablillo. Anhelaba tanto poder lucir en sus pies las graciosas zapatillas, que era capaz de cualquier cosa para obtenerlas.

Después de andar un rato por las silenciosas calles de la ciudad, llegaron hasta la zapatería donde estaban expuestas las preciosas zapatillas. El diablillo estaba eufórico.

-Ahora-gritó.

Al instante Karen lanzó con fuerza un ladrillo contra el escaparate de la zapatería y el cristal se rompió en mil pedazos. Ya tenía el campo libre y podía seguir adelante.

La niña se apoderó de las zapatillas y echó a correr, antes de que los dueños de la tienda se despertaran. Mientras corría, sintió de pronto la tentación de probárselas.

Y ni corta ni perezosa, se calzó las zapatillas y al instante sus pies empezaron a moverse con una gracia prodigiosa. Bailando recorrió toda la ciudad hasta el puerto, acompañada del diablillo.

La niña estaba encantada, pero cuando quiso pararse, notó que era imposible. Sus pies danzaban incansables a pesar de su voluntad. El diablillo se estaba riendo a carcajadas.

Del puerto, las zapatillas se dirigieron a las afueras de la ciudad. Karen empezó a asustarse y pidió ayuda. Pero como todo el mundo dormía, nadie podía oír sus lamentos.

Después de varios kilómetros de continua danza, las zapatillas la condujeron hasta un frondoso bosque. El diablillo se divertía de lo lindo al contemplar los apuros de la pobre niña.

En medio del bosque, Karen lloraba desconsoladamente y al borde de la desesperación, llamó a su conciencia que siempre le aconsejaba el camino del bien y la libraba de las tentaciones.

Al escuchar el ruego angustioso de Karen, apareció su conciencia en forma de ángel rubio y hermoso:

-No llores-dijo-Yo te ayudaré y escarmentaré a ese malvado diablillo.

Pero ya sabéis, amiguitos que el diablo no se rinde fácilmente. Por eso, y ante la sorpresa de Karen, cogió su tridente y se puso a quitar de en medio a su enemigo.

Pero el angelito era muy listo y cuando el diablillo se lanzaba disparado hacían él, tomo impulso y se elevó. Entonces, el pobre diablillo se dio de nar9ces contra el tronco de un árbol y se partió los cuernos.

Y en el instante en que el angelito venció al diablillo, las zapatillas se escaparon de los pies de Karen y empezaron a bailar solas. LA niña sintió un gran alivio al poder descansar al fin.

Pero al poco rato, Karen se puso en pie y corrió a su casa.

-Quiero ir con mi mamá-sollozaba la pequeña.

El angelito la acompañó todo el camino.

Karen volvió a entrar por la ventana. Estaba sinceramente arrepentida de su actuación y sentía grandes deseos de correr hacía su madre, pedirle perdón y sentirse consolada por ella.

Sin poderse contener, Karen entró como un torbellino en la habitación de su madre, que estaba durmiendo y la abrazó con fuerza.

-Perdón mamá. Te juro que no lo haré más.

Su mamá se despertó sobresaltada:

-¿Qué haces aquí hijita? ¿No puedes dormir?

  Entonces Karen se dio cuenta de que había tenido una pesadilla y se la contó a su madre.

Mamá sonrió y cogiendo a su hija en brazos, la volvió a meter en la cama. Karen abrazándola, le susurró al oído:

- Jamás volveré a ser caprichosa.

Y entonces su sueño fue tranquilo y libre de pesadillas.

                                                                                        Hans Christian Andersen

                                          

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28 août 2007

Los misterios de la casa de mi abuela III

Un punto negro en el camino

La cocina de mi abuela era grande y luminosa. Había una mesa muy larga y muchos taburetes para que nos sentáramos los siete nietos. Por la ventana, que era de madera verde y cristales siempre limpios, entraba el frescor de la mañana; un aire limpio, de pueblo, que movía los visillos blancos que la abuela había bordado con dibujos pequeños de zanahorias color naranja —como son todas las zanahorias—. Entraba el frescor de la mañana mientras bebíamos chocolate caliente y mojábamos en él nuestro pan con mantequilla y exquisita mermelada de naranjas que hacía la abuela. Mermelada que ella nos preparaba en tarros de cristal para que la comiéramos durante todo el año en nuestras casas.

Por la ventana se veía un camino muy largo con una hilera de árboles a cada lado. En verano producían una sombra acogedora que nos resguardaba del sol. Era tan largo el camino que un día mientras desayunábamos divisamos un punto negro allá a lo lejos, un punto negro que venía hacia nosotros, y no sabíamos qué era. Estuvimos jugando a ver quién adivinaba qué era aquel punto. Mi primo Roberto dijo que era un toro negro enorme con dos grandes cuernos blancos. Nos reímos, ¿cómo iba a ser un toro?, pero lo dijo convencido y apostó que recogería y limpiaría todas nuestras habitaciones si no acertaba. Y si ganaba la apuesta nosotros deberíamos limpiarle su habitación y estar a su servicio en todo lo que quisiera hasta que terminaran las vacaciones. Estaba tan seguro de que el punto negro era un toro que nos hizo sentir un poco de miedo. ¿Qué haríamos si fuera un toro el que venía hacia nosotros por el camino sombreado? Si se quedaba muchos días rondando la casa no podríamos salir a jugar. Eso no nos gustaba nada, así que decidimos que no sería un toro y aceptamos la apuesta. Mi prima Alicia dijo que el punto negro era el cartero que venía en bicicleta y traía puesto el uniforme de los domingos. Apostó que si acertaba deberíamos escribirle una carta cada uno de nosotros todos los días durante el primer trimestre de colegio, y que si perdía ella nos escribiría una carta a cada uno durante un mes. Aquella apuesta nos pareció superguay, sobre todo a mí, porque me gusta recibir cartas todos los días. Las cartas son susurrantes, parece que te las lee un gnomo al oído.

Era tal la seguridad con que Alicia decía que el punto negro era el cartero vestido de domingo que estuvimos a punto de dejar el juego. Pero mi hermano Alberto, que es muy listo, dijo: ¡Qué bobada es ésa! Los carteros no tienen uniforme para los domingos, porque los domingos no trabajan. Es el día en que descansan. Alicia frunció los labios y se le quedó un morro muy raro. Cuando se acabara el verano tendría que escribir seis cartas diarias durante un mes, es decir, ciento ochenta cartas. Nos hizo gracia porque le iban a salir agujetas en los dedos y se iba a gastar toda la paga del mes en los sellos.

El punto se había acercado ya un poquito, pero aún era muy pequeño para verlo bien. Así que Alberto se puso en pie y dijo: ¡Es un elefante que se ha escapado del circo que está en la ciudad!

Todos nos echamos a reír. ¿Cómo iba a ser un elefante?

—¿Por qué no? —dijo Alberto, un poco enfadado—. Es un elefante. Lo veo perfectamente con mis nuevas gafas. Si no acierto os haré los deberes de matemáticas que os han mandado a todos para estas vacaciones. Pero si acierto me haréis los deberes de sociales, naturaleza, inglés y lengua.

La apuesta nos pareció buena, así que decidimos aceptarla. Aunque no nos gustó la idea de que un elefante invadiera la finca de la abuela y se comiera los huevos de las gallinas, que tan ricos estaban con patatas fritas, los tomates y las lechugas de la huerta con los que nos hacía grandes ensaladas y, sobre todo, las naranjas con las que la abuela hacía la mermelada para los desayunos y las meriendas. Así que decidimos que no queríamos que fuera un elefante.

Julio, que siempre estaba hablando de seres del espacio interplanetario, dijo que el punto negro era una nave espacial, que estaba llenita de extraterrestres de color verde y que necesitaban niños para hacer experimentos. A todos se nos puso la carne de gallina. ¿Y si fuera cierto lo que decía Julio? ¿Y si el punto negro que se acercaba por el camino era una nave espacial? Julio dijo que si acertaba él sería siempre el único que se bañaría en la alberca cuando quisiera. Y cuando él decidiera seríamos libres de bañarnos. Lo malo de la apuesta era que a Julio le gustaba tanto el agua que se tiraba horas dentro y la abuela lo sacaba a la fuerza cuando estaba totalmente arrugado y violáceo. Si ganaba la apuesta no podríamos volver a bañarnos nunca. A cambio Julio dijo que, si perdía, no volvería a bañarse el resto del verano y sería el encargado de tender nuestros bañadores a secar. Aquella apuesta nos pareció increíble y magnífica puesto que era casi imposible que fueran extraterrestres los que venían hacia nosotros y por tanto íbamos a poder disfrutar de la alberca a nuestra anchas sin el pesado de Julio que siempre nos hacía ahogadillas.

El punto negro seguía allí a lo lejos, como parado, y continuábamos sin saber qué era. Así que Marta dijo que era un simple tractor conducido por algún señor del pueblo que venía a la finca para arar la tierra de la abuela. No nos gustó aquella opción. Era muy aburrida. Pero la apuesta de Marta nos animó a seguir el juego. Marta apostó que si acertaba deberíamos fregarle los cacharros el día que le tocara y también ordeñar a la vaca Avelina, y que se quedaría con todas las chucherías que nos comprara la abuela los domingos cuando fuéramos al pueblo. Todos pusimos gesto de no estar conformes con la última parte de la apuesta, pero luego sonreímos. Marta dijo que si perdía la apuesta ella fregaría los cacharros de la cocina todos los días y nos daría las chuches que le pertenecieran.

Aquello se estaba animando, así que Alejandro dijo que el punto negro era seguramente el coche de alguno de nuestros padres, que venían a buscarnos porque habían decidido que no nos merecíamos estas lindas vacaciones con la abuela. Todos pusimos cara de horror, era la peor cosa que nos podía pasar. Preferíamos que fuera un toro, o un elefante, o los extraterrestres, antes que tener que irnos de la finca de la abuela, el sitio más maravilloso para pasar nuestras vacaciones. Alejandro estaba tan seguro de que el punto negro que se acercaba por el camino era el coche de alguno de nuestros padres que dijo que a partir de ese momento si acertaba deberíamos servirle la comida, prestarle todos nuestros juguetes y juegos y dejar que él tuviera el mando a distancia cuando la abuela nos diera permiso para ver la tele. A cambio, si perdía, él serviría la comida a todos y también daría de comer a todos los animales de la finca, a los patos, a las gallinas, a los conejos, a la vaca Avelina y por supuesto a los perros Roki y Melisa y a los queridos canarios Pimpón y Ronco.

Justo cuando acababa de decirnos el final de la apuesta sucedió lo que ninguno esperaba. Habíamos estado tan distraídos que no apreciamos que el punto negro se había acercado hasta la casa y ya estaba allí parado. Nos quedamos todos con la boca abierta de la sorpresa. Y salimos para verlo. Era el viejo Samuel con su furgoneta desastrosa. Estaba repleta de zanahorias y las traía para dárselas a la abuela. Él nos miró con sus ojos lagrimosos y su boca desdentada y nos preguntó:

—¿Qué os pasa? ¿No habéis visto nunca una furgoneta cargada de zanahorias?

—Sí —dijimos todos.

Pero estábamos alucinados, más bien decepcionados.

Entonces yo le pregunté a Samuel que cómo traía tanto cargamento de zanahorias. Samuel me dijo que parte de ellas eran para los conejos y otra gran parte para la mermelada famosa que hacía la abuela.

—¿Mermelada? —gritamos todos.

—Sí —dijo el viejo Samuel—, vuestra abuela os hace mermelada de zanahorias y me ha dicho que os encanta, que a veces incluso la coméis a cucharadas de lo que os gusta. Ella os preparará muchos botes para que tengáis todo el invierno.

—Imposible —dijo Alberto—. La abuela nos hace mermelada de naranjas, que está buenísima. A mí las zanahorias no me gustan.

—Anda, anda, cómo os engaña la abuela —dijo Samuel riendo—. Pero claro, lo hace por vuestro bien, porque las zanahorias tienen muchas vitaminas.

Después de decir esto se alejó de nosotros para entrar en la casa y buscar a la abuela.

Nadie reaccionaba, los siete estábamos oji-boqui-abiertos. La abuela había conseguido que comiéramos las abominables zanahorias sin que nos diéramos cuenta. El color naranja de la mermelada nos había convencido. Y la verdad, ahora que lo recordábamos no había cosa más exquisita que esa mermelada de zanahorias. Nos hizo gracia la estrategia de la abuela. Y a mí me hizo gracia la mía, porque como no me gustan las apuestas no aposté nada, y por tanto no perdí. A partir de ese día Roberto tendría que limpiarme la habitación. Alicia debería escribirme una carta todos los días durante un mes cuando comenzara el colegio. Alberto me haría todos los deberes de matemáticas. Julio no volvería a hacerme más ahogadillas en el agua y pondría a secar mi bañador todos los días. Marta fregaría mis platos el día que me tocara a mí fregarlos, me daría parte de sus chuches y ordeñaría por mí a la vaca Avelina. Por último Alejandro me serviría la comida todos los días y me sustituiría el día que me tocara dar de comer a todos los animales de la finca.

Aquel verano fue maravilloso, disfruté como nunca en la finca de la abuela. Aprendí que las cosas nunca son como parecen a primera vista, que hay que esperar un poco para verlas de cerca antes de hablar. Aprendí que no es bueno apostar y jugarte cosas que te dolerían si perdieras, y, sobre todo, que me encantan las zanahorias.

Edith Checa

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